sábado, 5 de septiembre de 2026

Manos frías.

     —Mamá, tengo miedo.— me dijo una vez, mirando el piso y con un tono de voz débil y frágil, a penas perceptible, pero con plena claridad y determinación, como si aquello hubiese sido planeado y guardado por mucho tiempo y, con timidez y valentía, decidió por fin declararlo.

    —¿Miedo de qué, hija?— le pregunté, extrañada y preocupada.

    —De los monstruos debajo de mi cama. Salen cada vez que estoy a punto de dormir. Me tocan y no puedo moverme hasta el día siguiente. Cuando despierto, recuerdo sus frías manos congelar mi pecho y esa sensación no se va por días. 

    Aparecen cada vez que soy feliz a tu lado y olvido el pasado. Cada vez que pienso en mi futuro y mis sueños. Cada vez que estoy metida en mis proyectos. Aparecen cuando supero y avanzo en la vida. 

    Retornan y me obligan a revivir el pasado, a sumergirme en aquellos deseos olvidados. Me jalan a lo más profundo de esa penumbra en donde una vez fui infeliz. 

    Un día decidí enfrentarlos, pero no te preocupes, mamá, no me hirieron. Fueron comprensibles y dejaron de molestarme... pero sólo fue por un breve período de tiempo. ¿Crees que deba ir al médico?, ¿o seré yo la que está mal de la cabeza? 

¿Es mi culpa? Mamá... ¿qué debo hacer?