viernes, 8 de enero de 2016

Mi último adiós.

    Las personas cambian. Lo sé. Tu me has enseñado. Y como cambian, también cambian sus gustos... por otras personas. No te diré que ya no te amo, porque aún dentro de mi corazón te tengo guardado cálidamente y te agradezco por todo lo que me enseñaste en estos 8 años. Por jugar conmigo a las escondidas, por escapar de ti, por encontrarme, por enviarme cartas constantemente, por responderlas, por lidiar mis caprichos, enojos y locuras que cometí, por los momentos en que reímos como tontitos...y por aquellos en los cuales discutimos...          Gracias. Por tener tu corazón fuerte hacia mi. Gracias por hacer latir el mio desde ese día. Fuiste tu la razón del existir de B. La razón de este blog. La mayoría de mi vida... fuiste tu. A pesar de mi inmadurez aún seguiste aquí. Al inicio confundí nuestra relación como rey-sirviente. Y me di cuenta que solo eramos sirvientes. Gracias por mentirme (en cierto modo); por llorar y arrepentirte. Por molestarte. Gracias porque nunca me dijiste que no. Nunca me rechazaste... bueno, solo una vez pero sé que fue por tu capricho; los niños que no fuimos capaces de salir del cascaron, al final ya lo hicimos. Cambiamos a pesar de que yo me negué rotundamete con mis sentimientos. Y llegamos a la conclusiones de que todo fue inevitable.
    No quiero dejar heridas al partir, pero estoy segura de que tu alma sensible quebrará en llanto. No tengo emociones o probablemente ya soy inmune a todo esto...
    He encontrado la respuesta ya. Quizás me equivoque... no lo sé. Pero ya me he cansado. N. lo sabe y creo que ya comprendió. Ya esta lista para irse para nunca más volver.
    Debo seguir adelante y dejar el pasado. Mis sentimientos que me encadenan las cortaré y miraré hacia el futuro.
Muchas gracias por seguir a mi lado.
Sé que no te irás. Pero yo lo haré.
 Llora todo lo que quieras, aun así me iré.
No miraré el pasado. Sólo observa mi espalda,
Hasta que quede una sombra lejana.
 Vete ya y olvídame.
 Mis ultimas palabras de aquellos latidos tuyos:
 Te amo, E.

viernes, 1 de enero de 2016

Año Nuevo.

    Nuevos caminos por tomar, mil aventuras por contar y otras mil por recordar.
    Tropiezos, caídas y  levantamientos... esto determina nuestra victoria.
    Experiencias que nunca terminan, o simplemente empiezan.
    Deseo de todo corazón, vivir en este año, otra vida más. Con mayor resistencia ante mis problemas, y más confianza a mi misma. Siendo capaz de vencer todos mis obstáculos y lograr mis metas. Que el tiempo no me agote y me debilite con el paso de los mismos.


domingo, 20 de diciembre de 2015

El árbol de Navidad perfecto.

    Todo comenzó esa noche como había sido siempre en la víspera de la Navidad: cuando cayó la tarde del 24 de diciembre, mi padre se puso a cantar un viejo villancico para anunciar la llegada de la Nochebuena. Entonces mi madre y yo nos unimos a él, y los tres seguimos cantando mientras nos vestíamos para la celebración.

    Hacia las 6 de la tarde, papá tomó la enorme Biblia de la familia, que había heredado de su abuelo, un pastor luterano, y nos leyó la historia del nacimiento de Jesús según San Lucas. Cuando terminó de leer el último versículo (“Y los pastores regresaron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido”), apagó la luz y nos sentamos un rato junto a él en la oscuridad.

    Después de ese lapso, papá entraba en la otra habitación, donde colocábamos nuestro árbol de Navidad. Mamá y yo permanecíamos en la oscuridad, y ella me contaba una historia. Era una historia diferente todos los años, aunque generalmente trataba sobre los ángeles.

   Mientras mi madre me contaba la historia, papá ponía en el árbol las últimas esferas, encendía la serie de luces con forma de vela, tocaba una campanilla y abría la puerta; luego, mamá y yo entrábamos en el cuarto y contemplábamos extasiadas y en silencio el árbol iluminado.

    Pero aquella noche no todas las cosas eran iguales. En otros años, mi padre había leído el pasaje bíblico a la luz de su lámpara de escritorio; en esta ocasión, una gruesa vela de cera iluminaba el cuarto porque no había corriente eléctrica en todo Budapest. No había apetitosos olores que inundaran la cocina; teníamos muy poca comida, y la cena de Navidad iba a consistir en un plato de porotos cocidos. Además, cuando papá terminó de leer y apagó la vela, la habitación no quedó ni totalmente a oscuras ni totalmente en silencio, como había ocurrido en otros años. Cada 10 ó 15 segundos la luz blancuzca de unos reflectores surcaba el cielo, y a lo lejos se oían los disparos incesantes de los tanques de guerra.

    En un rincón del cuarto había una pequeña bolsa que contenía nuestras pertenencias más necesarias, lista para ser recogida si las sirenas de alarma llegaban a sonar y teníamos que correr hasta el refugio antiaéreo subterráneo. ¿Por una hora? ¿O una semana? Uno nunca lo sabía.

    Era el 24 de diciembre de 1944, y había guerra. En esta Nochebuena en particular, yo esperaba nuestro ritual con tanto anhelo como en ocasiones anteriores. A mis cinco años no creía que la guerra pudiera afectar mucho nuestra celebración; además, estaba convencida de que me había portado bien todo el año y que merecía disfrutar la Navidad.

    Por consiguiente, cuando papá terminó de leer y se fue al otro cuarto, ya podía imaginar el árbol —lleno de caramelos, esferas y velas— que nos sería revelado después de que mamá me contara su historia.

    "Era la víspera de Navidad —empezó ella su relato—, y los ángeles del cielo se disponían a llevar los mejores árboles navideños que pudieran encontrar en la Tierra a los niños que los merecieran. Uno de ellos se dirigió al Bosque de Pinos Celestiales, donde crecían árboles inusitadamente frondosos. Año tras año, un pino de ese bosque debía ser llevado como regalo al niño que más lo mereciera. El ángel llegó a la Tierra sin aliento, con un árbol tupido, bien proporcionado y de agujas brillantes, así que se detuvo a descansar en un claro del bosque. Cuando miró a su alrededor vio que los pinos centenarios yacían en el suelo, arrancados o talados desde la base, y centenares de pájaros volaban por encima de ellos, con lágrimas en los ojos.

     — ¿Qué ha ocurrido aquí? — les preguntó el ángel.
     — ¡La guerra, la guerra! — contestaron los pájaros en tono lastimero—. Un día llegaron unos enormes halcones negros y dejaron caer huevos de hierro. Los árboles se vinieron abajo, ardiendo en llamas, y nuestros nidos quedaron destruidos.

    El ángel se sintió profundamente conmovido. Arrancó unas cuantas ramas del árbol navideño celestial y las clavó en la tierra calcinada. En cuanto lo hizo, las ramas empezaron a crecer y llenarse de hojas. La vida regresó también a los viejos pinos, y pronto se levantó un bosque nuevo. Los pájaros se posaron felices en las ramas recién crecidas y parecían estar ansiosos por reconstruir sus nidos.

    El ángel continuó su viaje. Cuando se encontraba cerca de la ciudad donde vivía la niña que ese año iba a recibir el árbol navideño celestial, encontró a un grupo de animales —conejos, ciervos, puercoespines, ardillas y zorros— que caminaban esforzadamente, con la cabeza gacha y pesadumbre en la mirada.
    — ¿Qué les sucedió? — les preguntó el ángel.
     — ¡La guerra, la guerra! — gimieron los animales—. Unas bestias de hierro arrasaron los campos y quemaron nuestros arbustos. Ya no queda nada que podamos comer, y tampoco tenemos un lugar para vivir.

    El ángel arrancó algunas ramas del árbol celestial y las plantó. Alrededor de las ramas, la hierba empezó a brotar y florecer. Los ciervos dieron saltos de alegría, y los conejos empezaron a mordisquear las hojas frescas.

    De nuevo, el ángel reanudó su camino. Cuando llegó a la periferia de la ciudad, se detuvo de repente. Dentro de una humilde choza alguien estaba llorando. El ángel entró. Hacía frío en el interior y no había luz. En la cama, un cuerpo yacía inmóvil. Junto al lecho, una niña lloraba.

    Me gustaría que mi padre dejara la guerra y volviera a casa por esta noche — le dijo al ángel—. Él recogería leña y traería comida y medicamentos para mi madre.

    El ángel arrancó algunas ramas del árbol celestial y las puso en la chimenea. Brotó fuego, la sopa comenzó a hervir en la olla, y la enferma abrió los ojos y le sonrió a su hija.

    El ángel aceleró el paso, pues ya estaba retrasado. No tardó en llegar a su destino: la casa de la niña que mejor se había portado en el año.

    Antes de entrar miró el árbol, y su corazón se estrujó. Le había arrancado tantas ramas al pino, que había sido grande y hermoso, que ahora estaba casi desnudo. Colocó cuatro adornos en las ramas que quedaban —pequeñas figuras de cristal de un pájaro, un conejo, una cabaña y una delgada vela de cera—, y finalmente puso el árbol en la sala de la niña que era la más buena del año”.

    Así terminó la historia de Navidad que mamá me contó esa noche.

    Me puse de pie de un salto apenas sonó la campanita, la señal de papá de que ya podíamos entrar en la otra habitación. Me quedé sin aliento cuando la puerta se abrió. Frente a mí se encontraba el árbol de Navidad de aspecto más extraño que jamás había visto: estaba deshojado, con las ramas caídas, casi desnudo: no tenía caramelos atados, sino unos cuantos adornos y una sola vela. Era también muy pequeño, casi un árbol enano al lado de mi padre, que permanecía de pie junto a él con una expresión de vergüenza e incertidumbre.

    Seguí mirando ese árbol navideño tan peculiar y el rostro ansioso de mi padre. Después de todo, ¿había sido una niña mala? ¿O qué clase de Navidad extraña era ésa?

   Miré a mi madre. Ella estaba sonriendo y había una lucecita en sus ojos. Cuando su mirada guió la mía nuevamente hacia el árbol de Navidad, descubrí algo que me resultó familiar: a la luz de la única vela, vi las alas de un pájaro de cristal, la figura de una cabañita que colgaba de una rama y, mirándome por entre las agujas, los brillantes ojos rojizos de un conejo de vidrio.

   Entonces reconocí al pequeño pino de aspecto triste como lo que era: un árbol celestial, alto, frondoso y encantador, destinado a la niña más buena del año; en otras palabras, el árbol de Navidad más hermoso de mi vida.


   Fuente: este artículo se publicó originalmente en la edición húngara de Reader's Digest en diciembre de 1996.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Kill me, Heal me.

   " ¿Qué es el primer amor para un chico?
¿Es algo que no se dobla fácilmente?
¿Es algo que quieres desdoblar de nuevo después de doblarlo?
Aún si hay una marca de doblez... ¿no te importa?

Se difiere según la situación. Si se dobla una vez, entonces se agradece.
Si lo abres de nuevo, entonces se trata de un apego persistente.
Si lo abres dos veces, entonces es tristeza.
Si lo abres tres veces... es dolor.
    Después de abrirlo una y otra vez y se vuelva irregular... así es cómo se desgarra el corazón. Y cuando se desgarra, solo tratas con ello hasta que te has entumecido. 
Así es como es."

lunes, 7 de diciembre de 2015

Hasta aquí.

    Me han colmado la paciencia. Pensé que en Diciembre podría estar ya por fin relajado del trabajo, relaciones y demás.
Nunca creí estar tan equivocado.
    A estas alturas la gente a mi alrededor se torna muy densa, muy pesados. Ya me cansaron con sus quejas, sus reproches contra mí; que debí haber estudiado más, que pude haber rendido el examen final, que por tonto y vago no lo hice; que debo bajar de peso, que no debo comer, etc (especialmente mi familia).
    En cuanto a mis amigos, me cargan con sus pesadas bromas, que no tolero ya a este fin de mes.
    He decidido ya dar de baja mis cuentas así pueda estar un poco más tranquilo y alejarme de mis amistades y amores. Mi familia, lamentablemente, la tendré que aguantar por un tiempo a que llegue el exámen y dejarán de joderme... o eso espero.
    Una hermosa Navidad, ja.


sábado, 28 de noviembre de 2015

Nueva etapa.

    Una nueva etapa comienza... y a su vez otra termina. Esto debí haberlo escrito a principios del año... pero las sacudidas y los nuevos caminos por recorrer y el corto período me han impedido redactarlo.
    Ahora es el final. Los berrinches, la presión, la falta de diversión y las noches en vela casi han terminado.
    Sólo tengo que dar un último esfuerzo. Y no sé si podré lograrlo. No tengo la fuerza de voluntad suficiente como para poder aprobar esto. Aún así... lamentablemente tengo que tratar.
    Deséame suerte.

Te amo pero...

    Te amo pero ¿no te cansas ya de seguir hablándome?, ¿tan desesperado estás de buscar tus propias heridas y abrirlas por ti mismo?. O mejor dicho no eres capaz de hacerlo y me buscas para que...¿yo las haga por ti? Rogándole a Dios mi misericordia y a la vez culpándome por haberlo hecho; cosa que tu mismo querías desde un principio pero no tuviste el valor de herirte. Preferiste que yo lo haga, para culparme y sentirte libre de pecado. Limpio.

Herir.

    Me gusta herir a las personas. Es por eso que he nacido. Les doy el dolor para que puedan apreciar el amor. Quizás me odien, me eviten o me insulten, pero siempre estaré ahí aunque me lleve la peor parte... a pesar de que así lo creen.
    Me llevo la mejor parte de sus vidas. Sus almas encerradas de dolor...yo las libero con llantos y gritos desesperados. Es el impulso más grande que he sentido por parte de ellos. Y es impresionante.
Quizás estoy aquí para esa razón: herir a los que amo.
ese papel es perfecto para mi, para mi obra de vida...
Y así ellos serán felices,
por siempre.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Dios.

    La verdad no he sido fiel completamente hacia tí. He fallado y te he decepcionado innumerables veces, tantas que no me alcanzan los dedos como para contarlas.
    He decidido dedicarte, por lo más pequeño que sea este acto de mi parte, esta nota para tí. Sé que ya sabes lo que mis dedos, con cada tecla que aprieto, dicen.
    Lo lamento mucho por todas las decisiones malas que he tomado y agradezco demasiado el amor que siempre me has dado. Volviendo siempre atrás, para poder ayudarme y encontrarme de nuevo a mi humilde destino.
    Sé que no he sido buena persona, tuve errores pero lo que es peor aún: siempre caigo.
    Cada día, mi fuerza de voluntad disminuye y no entiendo el por qué. Quizás un ambiente nuevo, nuevas responsabilidades, nuevas materias en las cuales debo estudiar y nuevas personas.
    Padre, soy simplemente una más...
    Siempre,o casi siempre, he hablado contigo. Lamento mucho no poder sincerarme todos los días como aquellos años. Quizás el tiempo en las cuales distribuyo no son los correctos. Y sé que tratas de ayudarme y enmendarlo pero es tan difícil.
    Para tí nada es imposible.
    Siempre me has demostrado tu amor, nunca te rendiste conmigo, me acompañaste en todo momento y lugar. Te amo demasiado, y he pensado más de dos veces en servirte eternamente. Dejar los vicios y estar contigo siempre.
    Sé que soy capaz, lo sé.
    Pero quizás tu tienes otros planes para mí. Y todo lo que yo creía imposible, se volvió posible.
    Con respecto al amor y desamor, a mis locuras, mis acciones, y a lo que estoy pasando ahora.
    Gracias, muchas gracias por seguir confiando en mi y ayudándome en los estudios, por darme más de una mano en aprobarlas y sé que yo soy la que escribe cada línea del examen, pero tú eres el que me guía.
    Perdonadme por todo. Y trataré de mejorar espiritualmente... pero como soy una persona tan débil, te pediría humildemente que me dieses una mano en esto.
    Sólo encuentro la Paz estando contigo, a tu lado.
    Bendice a mis amigos, familia, y a las personas más importantes que marcaron mi vida. Llenadlas de gozo y verdad. Y gracias por que siempre me das lo mejor.
                Te amo, 
                                 Papá.

Parar.

"Basta"
"Para ya "
"Tranquilízate"
    Son frases y palabras que me impiden desarrollar y poder expresar mis sentimientos.
    Como alguien que dijo por ahí: " El ser humano es una caja llena de emociones explosivas". ¿Cómo quieren que me tranquilice si no me dejan liberar toda la tensión que, por seguro, ustedes ni si quiera saben de lo que pasé en esos días (y mucho menos experimentarlo)?.
    Frustración, concentración, paciencia, motividad, cansancio, enojo, pereza, miedo.
    Todo esto no puedo aguantarlo demasiado dentro de mí y en algún momento exploto. Sé que, como nunca me vieron actuar así, lo malinterpretan y creen que no es apto para mi salud. Ustedes no saben cómo soy realmente. No traten de callarme, como si fueran importantes para que deje de hacerlo y más pidiéndome de esa forma.
    Ustedes no me controlan, no son dueños de lo que hago.
    ¿Tratan de "tranquilizarme" diciendo esas frases? Por favor... vayan a las acciones, no a las palabras.
    Es como decir a algún fumador: "deja de fumar". A algún obeso: "deja de comer", a alguna persona bulímica :" para ya de vomitar".
    Con decir eso no ayudas... empeoras.
    Si llego una vez más oír eso de ustedes, les juro que cortaré la llamada y no les hablaré durante largo tiempo.
 
    A pesar de esto, debo destacar que hubo sólo una persona en mi vida que ha ido en contra de la corriente. Admiro el hecho de que me estés apoyando y que te hubieras dado cuenta (antes que yo) de que siempre he estado guardándome todo lo malo. Deseas verme enojada, y eso me encanta.
     Quieres que insulte, que saque toda esta frustración de mí.
    En verdad te lo agradezco... y disculpa por todos los errores que cometo, B. Eres tú a quien puedo expresarme libremente sin sentirme culpable, ni arrepentida. (Poniendo de lado a mi querido Y.)
    Muchas gracias, desde ya.
N-.